“En gran parte de Europa, el latín llegó a ser la lengua del altar, la cátedra universitaria y la comunicación internacional”

Friday, 06 February, 2026
  • Los investigadores Pablo Toribio y Cristina Tur son los autores de ‘El latín en Europa’, el nuevo libro de la serie ¿Qué sabemos de?
  • El texto recorre la doble historia del latín como habla viva de la antigua Roma y lengua de cultura común europea

El latín es una lengua a la vez familiar y extraña para las personas nacidas en Europa. Desde Cádiz hasta Tallin, se pueden encontrar inscripciones en lengua latina en iglesias, universidades o en otros muchos lugares públicos. Para quienes hablamos lenguas romances, la forma de sus palabras nos resulta cercana, pero desconocemos su significado a no ser que lo hayamos estudiado con el mismo ahínco que cualquier otra lengua extranjera. Pablo Toribio, investigador del CSIC, y Cristina Tur, profesora en la Universidad de Salamanca, explican el origen de esta particular relación de los europeos con el latín e invitan a conocer su historia y relevancia cultural en el nuevo libro de la colección ¿Qué sabemos de? (CSIC-Catarata).

El latín en Europa habla de una lengua de origen indoeuropeo que, gracias al Imperio romano y a su expansión territorial, tuvo una amplísima presencia e influencia. “Dentro del entramado plurilingüe que siempre ha caracterizado a Europa, el latín se ha distinguido por su prolongada presencia como lengua de prestigio y lengua del altar, estrechamente asociada a la religión cristiana; también como lengua de la cátedra universitaria para la transmisión y generación de conocimientos y para la comunicación internacional”, apuntan los autores.

El latín en Europa habla de una lengua de origen indoeuropeo que, gracias al Imperio romano y a su expansión territorial, tuvo una amplísima presencia e influencia. “Dentro del entramado plurilingüe que siempre ha caracterizado a Europa, el latín se ha distinguido por su prolongada presencia como lengua de prestigio y lengua del altar, estrechamente asociada a la religión cristiana; también como lengua de la cátedra universitaria para la transmisión y generación de conocimientos y para la comunicación internacional”, apuntan los autores.

La doble historia del latín

Los primeros testimonios del latín datan del siglo VI a. C. en la región italiana del Lacio (Latium), a la que debe su nombre y donde se encuentra la ciudad de Roma. Toribio y Tur señalan que, como todas las lenguas vivas, “el latín conoció distintas variedades de uso en registros hablados y escritos, relajados y formales, nobles y populares, así como distintas variedades locales que se fueron multiplicando a medida que el Imperio romano llevaba su lengua a los distintos territorios de los que se apoderaba”. Una vez disuelto el poder imperial de Roma en el siglo V de nuestra era, el latín fue desembocando en las distintas lenguas romances que conocemos: castellano, catalán, portugués, francés, italiano, rumano, etc.

Además de haber evolucionado como lengua hablada en muchos lugares y contextos, el latín es una lengua literaria unitaria. “Su estándar quedó fijado a mediados del siglo I a. C., como resultado del empeño de la élite culta de Roma por poner su lengua a la altura de la prestigiosa lengua griega”, exponen los investigadores. De hecho, para finales de este siglo los romanos ya contaban con muchas de las obras centrales de su literatura, entre las que sobresale su gran poema nacional, la Eneida de Publio Virgilio Marón. “La lengua literaria resultante permaneció en uso y sin cambios sustanciales durante largos siglos y funcionó como la lengua de cultura común y preferente en buena parte de Europa durante más de mil años”, apuntan los expertos.

Cristianismo y poder económico

Una de las claves para la pervivencia del latín en occidente fue su adopción por la estructura eclesiástica occidental y la alianza de ésta con el poder político. Después de la disgregación del Imperio romano de Occidente en el siglo V, el ideal de una patria común de pueblos diversos que compartían una misma lengua fue heredado por la Iglesia de Roma, que funcionaba como referente de unidad religiosa entre los mismos territorios que antes habían integrado un único espacio político.

El ejemplo paradigmático de esa unión es Carlomagno, también llamado pater Europae. Cuatro siglos después de la caída del Imperio romano de Occidente, forjó un área geográfica de enormes dimensiones bajo su mandato con el latín como lengua de cultura y con el cristianismo romano como religión. Los autores destacan que la alianza con la Iglesia explica en buena medida la decidida apuesta de Carlomagno por la educación latina en su imperio. “También existía una razón más práctica: garantizar una lengua común que facilitase la administración en los amplios territorios del Imperio carolingio donde se hablaban distintas lenguas romances y germánicas”, añaden.

En los siglos posteriores, el latín siguió siendo la lengua de los concilios y los debates teológicos en la mitad de Europa, donde predominaba el cristianismo romano. En buena medida, fue también la lengua preferente de la administración en esos mismos territorios.

Creación y transmisión de saberes

Durante la Edad Media y hasta la Edad Moderna, la institución universitaria fue otro de los potentes canales de difusión del latín. Era su lengua oficial, en la que estaban escritos los textos de las ‘lecturas’ o clases magistrales (lectiones) y la lengua en la que se impartían las clases extraordinarias (repetitiones). Asimismo, en latín se llevaban a cabo las discusiones orales (disputationes) que eran preceptivas para la obtención de grados y que consistían en debates públicos formalizados.

Durante la Edad Media, esas diputationes se basaban en responder a una pregunta anunciada con anterioridad. Más adelante, la pregunta se sustituyó por una tesis o postulado cuya veracidad debía afirmarse o negarse con argumentos de una y otra parte. “Es fácil ver en estas ceremonias de la universidad medieval y moderna el origen de nuestras tesis doctorales, tanto por lo que se refiere a su contenido (el establecimiento de la verdad en torno a un tema dado, a partir de la interacción crítica con el estado de conocimientos) como por lo que se refiere a la ceremonia de la defensa de tesis”, argumentan Toribio y Tur.

La universidad fue además motor de creación y transmisión de saberes a través de las traducciones al latín de textos provenientes del griego, así como de los ámbitos islámico y judío. Los autores destacan que Toledo fue el lugar donde se llevaron a cabo gran parte de las traducciones latinas de la ciencia escrita en árabe, y que la traducción al latín de textos religiosos no cristianos, como el Corán, tuvo el propósito de “demostrar la falsedad” de esos escritos sagrados.

La universidad, junto con la Iglesia, siguió funcionando sin interrupción como bastión del latín hasta el siglo XVI, cuando la lengua latina dejó de cumplir la función vehicular de permitir el acceso a textos del pasado escritos en otras lenguas. “Entonces se prestaba principalmente atención a las lenguas originales, que ya no quedan sustituidas por su traducción latina, sino que cada vez con más frecuencia se imprimen junto con ella en ediciones bilingües y multilingües”, comentan los científicos.

Varios siglos después, con la llegada de la Ilustración, el abandono del latín como lengua común de cultura no se suplió plenamente con la adopción de ninguna de las lenguas nacionales europeas, aunque algunas, como el francés, adquirieron un papel predominante.

El interminable ocaso del latín

En la creación artística y literaria, así como en el imaginario colectivo “el latín ha pervivido como lengua ritual, es decir, como lengua que pesa más por su sonido, su forma y sus connotaciones que por su significado directo”. Los investigadores ponen de manifiesto que este carácter ritual del latín venía potenciado desde hace siglos por su uso en la liturgia católica, y, a partir de ella, por su presencia en cientos de creaciones artísticas (visuales y musicales) y en miles de inscripciones en iglesias.

También en la literatura contemporánea hay infinidad de referencias a esta lengua indoeuropea: desde los conocidos pasajes en latín que Umberto Eco inserta en El nombre de la rosa (1980), hasta la crisis mental que lleva al personaje de José Arcadio Buendía en la novela de Gabriel García Márquez Cien años de soledad (1967) a gritar “como un endemoniado” frases en latín, o la saga juvenil Harry Potter (1997-2007) de la autora británica J. K. Rowling, donde hechizos como el popular Expecto Patronum evocan locuciones latinas.

Toribio y Tur hacen hincapié en que, tras tantos siglos de vigencia del latín como lengua de cultura en Europa, así como de sus proyecciones coloniales a partir de la Edad Moderna, nos queda en la actualidad un inmenso y complejo patrimonio. Según los autores, el reto para la comunidad científica es “lograr que toda esa ingente masa del patrimonio escrito se transforme en una biblioteca ordenada para su lectura e interpretación con el fin de ganar una visión completa de la historia cultural de Europa”.

El latín en Europa es el número 173 de la colección ¿Qué sabemos de? (CSIC-Catarata). Para solicitar entrevistas con los autores o más información, contactar con: comunicacion@csic.es (91 568 14 77).

Sobre los autores

Pablo Toribio es doctor en Filología Latina por la Universidad de Sevilla (2011), es científico titular del CSIC en el Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo. Su investigación aborda la producción textual latina relativa a la historia intelectual de Europa entre la Reforma y la Ilustración.

Cristina Tur es doctora en Estudios del Mundo Antiguo por la Universidad Complutense de Madrid (2019), es profesora en la Universidad de Salamanca, donde desarrolla estudios lingüísticos sobre el latín dentro del grupo de investigación “Cultura y civilización latina en sus textos: de la Antigüedad Tardía al Renacimiento” (CYCLAT).

CSIC Cultura Científica

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Dpto. de Estudios Griegos y Latinos
Filología Griega y Latina
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